Trayectoria
José Díaz Fuentes
Desde mi infancia sentí la necesidad de prolongar mi mano con una herramienta para satisfacer mi ansia de horadar en un trozo de materia, que fuera piedra o madera. En la piedra buscaba elementos fijos, como la fachada de mi casa que es de granito, o en los bordillos de las aceras.
En cuanto a la madera, la navaja era mi utensilio indispensable en el bolsillo. Todo lo labraba, desde una rama de árbol, hasta las mesas de la escuela.
Siendo niño, la comarca de Sarria la conocí muy bien, así como a sus gentes. Me invitaban a las fiestas y faenas del campo, ayudaba a Misa, conocí los caminos y sus secretos, montaba a caballo… etc.
Los huecos de los árboles me servían de cobijo y de escondite, me hablaban de su fuerza y de sus sufrimientos, de su estructura y como cantaban a la vida cada primavera. A ellos no les hería con mi navaja mientras estaban vivos. Los olores y colores de mi tierra me excitaban y mi imaginación corría con las aguas de mi río Sarria.
La sensualidad de la piedra, del granito, de la caliza y sus formas pulidas por el aire, la lluvia, el esquisto y la pizarra saliendo del interior de la tierra como la espina dorsal de un animal que forma parte de la topografía de mi tierra, provocaban en mi el deseo de labrar...
En la galería de mi casa tallaba y soñaba con mis formas acompañado por la música casi imperceptible del ruido de mi navaja sobre la madera.
Nada ni nadie me podía impedir estos gestos ni parar mi
imaginación.
A los trece años conocí en Sarria a un tallista que venía de la escuela de Artes y Oficios de Santiago y se instaló en el valle Sarriano. Él me enseñó a trabajar la madera con las gubias y me inició en el modelado del barro.
Mis manos que tenían necesidad de tocar a todo empezaron a ser ágiles y vivas, mis ojos a percibir el volumen en el espacio y su relación.
Al mismo tiempo hacía mis estudios de bachillerato, fui mal estudiante y mis profesores cortaban las alas a todo lo que pudiera ser imaginativo. Sus manos viajaban sobre nuestras cabezas como los piojos en aquella época.
Todo esto hizo nacer en mí un sentido de rebelión contra aquel tipo de educación.
A pesar de todo esto, viví profunda y felizmente esta etapa de mi vida. Mi oficio se precisaba…
A los diecisiete años por consejo del tallista, me fui a Santiago, para entrar en el taller del escultor Castor Atas Monteiro, que también era profesor de la Escuela de Artes y Oficios. En Santiago empecé a vivir lo que es un estudio de escultor: talla, dibujo, modelado y el proceso constructivo
de una obra figurativa. Era mi trabajo diario. La reproducción de figuras religiosas me sirvió para aprender y sentir el difícil trabajo de la madera, piedra, azabache, marfil y también su policromía. Dibujaba durante horas diarias las buenas copias en escayola de la escultura griega y renacentista que había en la Escuela.
Pasaba diariamente por el Pórtico de la Gloria para estudiar las esculturas que lo componen.
A partir de este momento, tenía una buena técnica y mi sensibilidad se desarrollaba buscando un camino para hacer mi escultura.
El ambiente universitario de Santiago fue muy rico, no sólo artísticamente, sino además en sentido más amplio, para mi vida intelectual.
Hice el servicio militar en Málaga, Málaga turística y folklórica, que me dio la ocasión de participar en aquella vida fácil, pero también conocí la dura vida de un batallón expedicionario con mandos que participaran en la guerra civil. Durante este periodo tuve la ocasión de visitar Granada, Córdoba, Jaén… etc. Descubrí la superposición de la cultura de nuestra península y quedé prendado de la fineza y delicadeza del mundo árabe. El agua, la luz, los movimientos del espacio y su arquitectura, tocaron mi sensibilidad y aun están presentes en mí. En el año 1963 ingresé en la Escuela Superior de Bellas Artes de Barcelona. El mundo artístico se abre, empiezo a conocer la investigación en el arte, el mundo europeo esta cerca y el lenguaje plástico es otro.
Dentro de la Escuela, al mismo tiempo que se estudia el arte clásico, se incita al alumno a que busque su camino y me libero de mi saber hacer rígido, para utilizarlo en la creación.
En esta cuidad se vive al ambiente europeo, música, teatro, literatura y artes plásticas están a nivel internacional y se siente una gran libertad con respecto al resto de España. En estos momentos tenia la seguridad de mi oficio, pero buscar, sin copiar, era muy difícil, la lucha interna era dura.
Para ganar mi vida hice algunos pequeños encargos y trabajé para anticuarios. En 1967 me fui a Madrid a la Escuela de San Fernando.
Estudio de modelaje
Escuela de Bellas Artes de Madrid - 1967
Poco me quedó de esta Escuela. Avalos reinaba en la visión artística de Madrid, era el credo político-artístico del momento, este credo era pecado negarlo y además era ir en contra del régimen. El Valle de Los Caídos fuera hecho para la memoria y permanencia del franquismo. Aprendí mucho en el museo del Prado y en círculos contestatarios del arte oficial. Viví con fuerza la lucha contra la dictadura y tengo el dolor y la pena por el sufrimiento de muchos de mis compañeros en aquel momento. El viajar a París, lo pensaba desde hacia mucho tiempo, era necesario el enfrentamiento del mundo artístico y mi personalidad.
En enero del año 1970 llegué a París. A los pocos meses visité el "Salon de la Jeune Sculpture" que se celebraba en los jardines del Palacio del Luxemburgo.
El choque fue grande y se agolparon enmicabeza montañas de preguntas. Salí de allí dejando mi dirección a algunos escultores que participaban en esta exposición con el fin de encontrar
trabajo. Al poco tiempo el escultor húngaro Patkai me llamó para trabajar con él. Utilizaba el hormigón como materia de expresión y yo desconocía el método y técnica por él empleados. Pronto me puse al corriente y aprendí la ligereza y monumentalidad que se puede dar a este fundido, a
saber, ocupar el espacio, la relación con la arquitectura, la topografía, el contexto humano, en fin… el lenguaje adaptado al lugar.
Para desarrollar esta técnica vuelve a mí el interés por el mundo vegetal y su estructura. De una materia rígida como el hormigón se puede dar la impresión de ligereza de una planta, con sus partes llenas y sus huecos, vivir luchando para ocupar el espacio, jugar con la luz natural y el agua para hacerlo vibrar.
Esta es la intención de mi escultura monumental, con sus sufrimientos y explosiones. Casi al mismo tiempo que a Patkai, conocí a otros escultores (de distintas nacionalidades) en el "Simposio de Escultura de la Foret de Senart". Cada uno de los participantes tenia que realizar una escultura monumental en distintos materiales: piedra, madera, hormigón, acero, mármol. Fue para mi una experiencia magnifica el poder colaborar con todos ellos en estas realizaciones y de cada uno recogí su experiencia estética, del hombre con la materia. Fueron de una gran riqueza las horas de trabajo y de intercambio que allí viví. Son artistas que marcaron estos años. Hoy seguimos formando un grupo para exponer juntos.
En la década de los 70-80 colaboramos en grandes esculturas monumentales en todo el territorio francés. Nunca les copié, ellos me enseñaron a descubrirme. Sigo utilizando en mi obra los distintos materiales que aprendí a trabajar en mi juventud y siempre tengo presente el saber descubrirlos para que ellos participen con la fuerza y vida que tienen en su interior.
Mis formas son las de siempre, las que están en la naturaleza, yo trato de combinarlas para que se hagan mis cómplices. Su vida me da fuerza para tallarlas. Mis formas y yo estamos siempre al borde del precipicio, llegamos a lo extremo, luchamos para ocupar el espacio con nuestra
sensibilidad y tensión.
El urbanismo me atrae mucho; tuve la ocasión de realizar algunos trabajos en Galicia, concretamente en Pontedeume, plazas, mobiliario urbano, escultura. Para evitar el peligro de las delicias de la moda sería bueno volver a pisar tierra. La creación artística sufre del haberse cortado de sus raíces. Antes, el gran escultor vivía en simbiosis con el tallista de piedra, los artesanos y los simples ejecutantes. Cada uno aportaba al otro sus conocimientos, su oficio.
José Díaz Fuentes
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